lado a lado
El desconocido del globo rojo que estaba sentado allí, a pocos metros de mí, en la terraza de una posada del pueblo, parecía estar esperando a alguien o algo, y tal vez a ambas cosas. Desde hacía un rato alternaba entre una mirada al callejón de este pueblo, un sorbo de vino y la pantalla de su smartphone. Su apariencia y postura decían mucho sobre las preguntas que debían estar rondando por su mente.
Se levantó con su bola roja completa y se dirigió hacia la posada. Salió unos minutos después con las manos libres, como si en un momento de duda hubiera querido borrar algún tipo de rastro que pudiera haber perturbado su imagen. Cruzar la puerta de la posada permitió, por un momento, escuchar el bullicio y el estruendo de las discusiones en el mostrador, que sin embargo se filtraban al exterior a través de una ventana entreabierta.
Eran las 6:45 de la tarde, había regresado a su lugar en este extremo del banco raído, con aspecto pensativo y con las manos apoyadas en las rodillas. ¿Iba a levantarse y marcharse? ¿Iba a levantarse y tomar otra copa? o simplemente mantenga esta postura consistente con la postura de la sala de espera. Miró la pantalla de su teléfono por un momento y se detuvo durante mucho tiempo en una parte que acababa de desplazar como para asegurar y confirmar la exactitud de una cita.
Levantó la cabeza y miró hacia el callejón. Su mirada permaneció fija como si pudiera ver a lo lejos la llegada de la persona esperada. Se levantó y se colocó de cara al callejón. Unos instantes después una señora de aspecto alegre y sencillo se enfrentó a él e intercambió unas palabras con él. Con un gesto ligeramente vago invitó a esta persona a entrar en la posada. Ella lo precedió con el mismo paso animado que tenía al llegar y, como antes, la apertura de la puerta de la posada introdujo a la gente en ese ambiente ruidoso tan particular de estas posadas de pueblo.
Unos minutos más tarde, la pareja salió de la posada con una copa de vino blanco cada uno en la mano. Ocuparon su lugar uno al lado del otro en el mismo banco gastado que lo había acomodado durante su espera. Se sentaban juntos y con postura sincronizada cada uno había contribuido a poner entre ellos la respetable distancia que ofrecía aquel banco. El pequeño cojín azul cielo había desaparecido bajo la chaqueta y el jersey de cada una de ellas, dando así a este banco la ilusión de haberlas reunido.
A las 18.53 estaban sentados uno al lado del otro en el banco raído junto a la posada, que en aquella hermosa tarde de verano estaba muy concurrida. El ruido que salía de la puerta ahora abierta había destruido el romanticismo de este encuentro que tantas veces había esperado e imaginado con impaciencia. La lista de temas a discutir había dado paso a la observación silenciosa del entorno cercano. Sólo los dos vasos de blanco podrían sugerir que tal vez tenían un gusto en común...
Estaba disfrutando de esta hermosa tarde de verano y durante este descanso pude observar esta historia de dos partes. El boceto anterior dio paso a un segundo que, de regreso a mi estudio, me invitó a trabajar estos dos bocetos como una historia para integrar en un díptico. Siendo el vino el nexo de unión en esta obra donde postura y temporalidad tuvieron en cuenta tantas cosas.
El segundo boceto inspiró la obra que os invito a descubrir aquí sin demora . Destaca la postura de la obra anterior como continuación de un vals de dos pasos.