Conducir

El día prometía ser hermoso, incluso ideal en este mes de julio para descubrir una región cercana a la nuestra haciendo algunas pausas periódicas y permitiéndonos descubrir una nueva gastronomía. El tiempo soleado que mantuvo la temperatura fresca hizo posible imaginar lo que esperábamos para el fin de semana.  

En un tiempo récord, justo después del desayuno, salpicado de una conversación objetiva sobre el camino a seguir, nos pusimos nuestras respectivas y típicas combinaciones, antes de hacer un resumen final de nuestra mecánica italiana. Nivel de aceite, depósito lleno de combustible, iluminación, señalización... como de costumbre y bajo la influencia de un entrenamiento perfectamente asimilado, hicimos balance de nuestras respectivas máquinas antes de la salida.  

Nuestras dos monturas tenían un origen común en el país vecino que gozaba de fama internacional en cuanto a leyendas mecánicas: Ducati, Moto Guzzi, Laverda, Motomorini, MV, Aprillia, Benelli, etc. son sólo algunos nombres con resonancias míticas. Nuestros dos coches estaban adornados con su propio rojo y cada uno tenía un motor bicilíndrico cuya tecnología y sonido contrastaban maravillosamente. Uno más juguetón que el otro pero cada uno con esa personalidad tan asertiva que los hacía tan atractivos, habíamos tomado la medida de los límites que no debían sobrepasarse para poder saborear durante mucho tiempo los singulares y alegres paseos.  

Si eres motociclista, y además pareja, comprenderás fácilmente la dimensión exaltada de mi historia. Esta pasión devoradora da lugar a una complicidad constante con una postura de descubrimiento que sigue creciendo con el tiempo y los kilómetros recorridos. Una vez que los motores arrancaron, solo tuvimos que ponernos el casco y los guantes, posicionarnos en cada una de nuestras máquinas y, mediante una pequeña señal ya bien practicada, emprender este paseo.  

Habíamos elegido un recorrido algo original pero sobre todo poco acostumbrado para ofrecer el placer de progresar a nuestro propio ritmo y sobre todo poder tomar las curvas a nuestro gusto. Llevábamos un tiempo conduciendo y estábamos encantados con la elección de nuestra ruta. En cada breve parada temporal, alzábamos la visera de nuestro casco para comentar las últimas curvas o la singularidad de un paisaje encantador.  

Cuando se practica el motociclismo con el placer compartido de cada uno en su propia máquina, la comunicación se limita a estas pequeñas paradas obligatorias, cuya duración varía según las circunstancias. Momentos cortos y breves pero que diluyen una intensidad de emociones cuya expresión requiere una síntesis muy particular. La secuencia de giros, el ronroneo del bicilíndrico, la posición de apoyo sobre las empuñaduras provocan al cabo de un cierto tiempo la necesidad de hacer una pausa y permiten así comentar todas las sensaciones vividas.  

Nuestras diversas salidas nos habían obligado a establecer un código visual entre nosotros para sincronizar nuestras intenciones y/o nuestras necesidades y así permitirnos prepararnos lo mejor posible según la urgencia del tipo de parada a planificar. Un simple destello de luz me hizo comprender que deseaba un descanso y que era necesario considerar detenerse en una zona designada lo antes posible.  

EL MOTORISTA

Acrílico sobre lienzo 60 x 80

Descubre el trabajo aquí

Con esta petición quedé atento a cualquier información que pudiera indicarme la próxima presencia de una zona desarrollada y permitirnos relajarnos. Unos kilómetros más adelante nos recibía una zona ajardinada con una generosa zona de sombra que nos permitía apreciar un paisaje con una vegetación muy densa.  

Acababa de levantar su hermosa motocicleta italiana. Se quitó el casco y los guantes y se desabrochó la chaqueta para sentir la suavidad de la brisa del verano en su piel desnuda, antes de inclinarse hacia las flores silvestres al costado del camino. En esta postura reunida, el cuero de su chaqueta revelaba su piel suave y blanca, así como los contornos de su pecho.  

Esta postura idílica y romántica me hizo consciente del momento mágico y de un día encantador que supo colorear nuestra complicidad por un día. El recuerdo de este último influyó en mi elaboración de una obra que ha ocupado un lugar importante en mi mente y que os invito a descubrir aquí, a modo de paseo musical.

Alain Rouschmeyer

Alain Rouschmeyer es mejor conocido por sus pinturas acrílicas sobre lienzos de formato medio y sus dibujos en tinta contemporáneos. Observador de la vida cotidiana, analiza el caminar humano a través de las posturas y los espacios atravesados, como para sondear lo banal y captar su aroma. Su itinerario artístico lo invita a trabajar en una arquitectura en la que le gusta reflexionar sobre los espacios habitables y las transversalidades que definen sus usos. Como un poeta-analista, la obra de Alain Rouschmeyer navega entre la realidad y la intimidad revelando apego y desapego según una voluntad consciente. Explora la dimensión oculta de la vida cotidiana que nunca deja de desafiarnos como la música jazz o el blues cálido. El romanticismo cuya traducción contemporánea y atemporal asume plenamente habita el soporte como un espacio implicado.

https://www.alainrouschmeyer.art
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